OJO con esto: TAXISTA me puso a llorar!

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Ayer iba hacia el aeropuerto. En el camino recibí una llamada: el dueño de un restaurante me pedía que fuera a visitarlo urgente, necesitaba un empujoncito: -Te ofrezco disculpas. Voy saliendo de la ciudad-.

Pero como la vida es corta y al que le van a dar le guardan: mi vuelo estaba retrasado 3 horas. De inmediato pensé en el restaurante. Marqué Waze: 1 hora hasta allí (no seas irresponsable Tulio, vas a perder el vuelo). NO LO HAGAS.

Salí corriendo del terminal y, como mandado por Dios un taxista gritó ¿Taxi Señor? Me subí, le di la dirección y le expliqué la premura: “no va a alcanzar señor”. Respiré profundo: hermano, aprieta el timón. Lo vamos a lograr.

En la mitad del camino Waze sumaba: 10, 12, 17 minutos más de trancón. Estaba por decir: regresemos! Pero algo me detenía.

Llamé al restaurante, expliqué el afán y pedí tuvieran los platos listos. Miré al taxista (bello carajo), estaba más preocupado que yo. Le pregunté si me podía esperar. “Claro Señor, serían 60 ida y vuelta”. -Hecho. Otra cosa: ¿ya comió? Lo invito a comer conmigo-. Los ojos casi se le salen por el retrovisor.

Cuando llegamos al restaurante me dijo que él no tenía estudios, qué era de familia humilde y que no sabría cómo comer allí. David!!! grité y lo jalé del brazo, y lo senté y le dije que comiera como en casa, con la mano si tenía que ser con la mano; y nos divertimos un montón. El hombre probando por primera vez paellas, pulpos y callos, tomando fotos de todo: “mi esposa no me va a creer». Siento que hace años no tenía tan buena pareja en la mesa: par de extraños que hasta los dedos se chuparon.

De vuelta, el trancón había desaparecido. “Señor, Dios nos está ayudando”. Fue entonces cuando pregunté: David ¿usted por qué cree qué pasó esto?

Me contó que el día había estado duro. Que apenas había recogido 30 mil. Había tenido que decidirse por gasolina antes que por comer y, cuando ya se iba con la barriga y los bolsillos vacíos, me vió corriendo por el aeropuerto y me gritó. Entonces aparecí yo con los 60 que necesitaba y con la invitación más extraordinaria: “creo señor, qué es porque soy una buena persona”. Tenía razón: yo estaba ahí por y para él, Dios lo había planeado así.


 

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