El CHICHARRÓN MÁS GRANDE, más JUGOSO y recrocante.

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Me lo encontré en Villa del Prado, un barrio al norte de la ciudad. Lo conozco porque allí viví de chico, cuando eran 20 casitas campestres y un parque central. Ahora es toda una ciudad.

Justo allí, en una de sus avenidas principales, hay un enorme horno de vara y de palito. A través del vidrio puedes ver la hoguera y su rueda de varillas ensartadas en brillosos chicharrones, tiernas terneras y racks de costillas. 5 horas, 6 horas, 8 horas hasta retotearles las garritas, soltarles las carnitas y apretarles las grasitas, por eso ese sabor tan único, tan especial: solo es fuego, solo es humo, solo es tiempo y un pucho de sal.

Pedí el chicharrón y las costillas, y me las sirvieron en un canastico con plátano maduro (el más maduro), con arepa boyacense, yuca, guasacaca, papita mugre y ají casero. No sé qué estaba más rico: ¡¡¡todo estaba más rico!!! Qué bendita perdición.

La costilla iba de arriba abajo, 5 dedos de pura carne pulpita, de la piel crocante hasta el tierno hueso y sus sueltas punticas. Era chicharrón arriba, era costilla abajo ¿costichi? pero el más carnudo, jugoso y regustoso, 4 pisos de purita felicidá; ¿y el chicharrón? venía sacado del mismo costillón, o del azotao lomo que en la vara su piel había reventao. El corte más arriba y su sabor superior: más grasa, más crema y su piel caramelo quebrando el sonido al rededor… no he salido aún… y yaaaaa quiero regresar. Qué delicia por DIOS.

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